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Paginas amigas

martes, 26 de abril de 2011

LLAMADAS

Durante un tiempo estuve recibiendo aquellas llamadas inquietantes.

-Juan? Juan. ¿Dónde estás?

A esta frase pronunciada por una anciana le acompañaba el sonido del viento. Como un viento lejano. Cómo si fueran hechas desde un páramo árido.Cómo si reprodujera el perdido habitat de un poste telefónico en medio de las montañas , a merced de la nada.

Al principio me lo tomaba a güasa.

-Señora, que se ha equivocado.

Comentaba con algún amigo casual al que la llamada había interrumpido la conversación.

-Otra vez,(los que yo habia contextualizado como los padres de Juan). Ya se han equivocado otra vez , joder.

Luego comencé a sentir curiosidad y más tarde , me sentía inquieto.
La voz tenia una vibración y un eco extraños, como de otro tiempo. El viento agravaba la lejanía, proyectando aquellas llamadas perdidas a un tiempo olvidado.
Hubo un momento en que empezaron a ser constantes, y yo empecé a desquiciarme de tanto en tanto...incluso devolví la llamada y le dije a la señora que yo no era Juan, su hijo.
Sin embargo, no sé si por la distancia o qué, la señora solo me preguntaba lo mismo:

-Juan, ¿Dónde estás? ¿Cuando vas a venir?

Y el viento, el viento largo como acariciando estepas, que en cierta manera me sobrecogía.
Ni forma de hacerle entender a aquella señora que de ninguna manera yo era su hijo.
Y las llamadas pararon. Hasta el último dia. Lo recuerdo perfectamente porque me pasó una cosa bien curiosa.
Fue en el metro de Barcelona.
Era la estación de Plaza Catalunya, el metro ya estaba allí, así que podía perderlo.
Tuve que correr.
Por el otro lado, otro hombre, cargado con maletas seguido de su supuesta mujer. Las puertas se iban a cerrar, y en ese instante, chocamos.
Un desastre. El móvil por el suelo, la cartera.
El hombre nervioso. La mujer gritaba:

-No puedes perder ese tren!

Así que entre la mujer y yo empujamos al hombre adentro, junto con las maletas y seguidamente repetí la operación con la mujer.
En ese momento, las puertas se cerraron. Yo me quedé fuera.
Les miré a los ojos tras los cristales, alzaban la mano como pidiendo perdón, no obstante, sus gestos estaban lejos de allí. Sus ojos reproducían dolor contenido. Aquello me impresionó, por eso lo recuerdo.
En ese instante, el metro partió y tanto al hombre como a mi, nos sonaron los teléfonos.
Yo ya tenia olvidado aquel viento.

-Juan...Juan...¿Dónde estás?¿Vas a venir?
-No soy Juan, señora.- No servía para nada.

Me colgó y esperé el siguiente metro sin poder borrar la cara de angustia de aquel hombre, grabando no sé porqué aquellos ojos en mi cabeza.
De tal manera me acuerdo de aquel rostro que años despues lo reconocí.
Fue mucho tiempo despues, en un café de Budapest.
La vida habia dado unas cuantas vueltas y ciertas piruetas, pero reconocí al instante aquel rostro.
Me senté cerca. Al pasar al lado...zas! otro choque el café al suelo.
Desastre. Por qué. Patoso..
Estaba como condenado a conocer a aquel hombre a base de choques.

-Perdona.
-Lo siento.
-Ostia, ¿de dónde eres?
-Soy de un pueblo de Castilla, estoy aquí de vacaciones. Me llamo Juan.
-Yo soy de Barcelona. Vivo por aquí, me llamo Jordi, ¿Qué tal Budapest?

Y con un nuevo café nos imbuímos en una espiral de conversación entorno a lugares comunes, y gustos parecidos.
Quedamos a la noche para echar unas cervezas.
A la tercera ronda empezaron las confesiones, no sé porqué, tal vez fueran las copas, el unicum, o la vida...
En un momento dado, me contó su breve historia en Barcelona. Sus padres, enfermos, vivían en una pequeña aldea, donde no accedían las ambulancias. Y él estaba siempre con el miedo encima.
Cierto dia, llamaron unos vecinos con la doble fatal noticia. su padre había fallecido, y con los nervios, su madre habia tenido un paro cardíaco mientras le llamaba.
Pero él no recordaba ninguna llamada.
Solo la de los vecinos.
Encontraron a su madre rígida, cogida con la fuerza del último rictus al teléfono.

Fue en aquel preciso momento que mi móvil empezó a sonar con un número español en la pantalla .
Me puse pálido.

-Juan...Juan ¿Dónde estás?

El viento me erizó entonces los pelos de una manera extraordinaria.

-Juan, creo que...creo que es para tí.

El hombre frunció el ceño como la primera vez que lo habia visto, mientras apretaba el teléfono a su oreja.
Puse mi mano en su hombro, la humedad se condensó en mis ojos.
Qué oportuno el más allá.